El color del té me hace acordar ese día.
Tantos días que recuerdo con el color del té y de las cosas. Pero el té lo hace especial.
Era invierno. Junio o Julio, no me acuerdo bien. Hacía frío, pero no tan desagradable. Aunque sabías que para mí cualquier frío es abrumador. Me invitaste a tomar un café, pero te acepté un té. Tenía puestas mis zapatillas Krial negras, rotas; el mismo jean de siempre con un par de usos sin lavar; mi buzo negro que dice GAP y me quedaba gigante. Creo que tenía una cartera negra. El pelo todavía me llegaba a la cintura. Te gustaba mucho mi pelo. Yo lo odiaba. Nos encontramos en la estación de Moreno. Estaba media perdida porque estaban reconstruyendo todo. Nos mandamos a cualquier lado.
Fuimos al café. Creo que habías pedido un frappé para los dos. Así de rata eras. Sos.
Dejé que lo tomés vos. El te que me prometiste nunca me llegó.
Te miré tomar el frappé. Me preguntaste si pasaba algo.
"No, no pasa nada".
Cuando lo terminaste, salimos al viento frío. Dijiste que nos escapemos.
El corazón me latió fuerte. No sabía qué hacer. ¿Estaba segura?
No se si lo estaba, pero fuimos.
Tomamos el tren sentados. Hicimos todas las estaciones y caminamos rápido para no perder tiempo. Sabíamos qué iba a pasar.
Y pasó.
Pasó como cualquier cosa. Llegamos sin hacer ruido. Subimos y nos revolcamos en tu cama.
La ropa quedó en la silla de tu computadora. No la pasé bien. No supiste cómo hacerlo. Cómo hacerme sentir bien y cómoda.
Me sentí estúpida.
Me sigo sintiendo estúpida de haber hecho lo que hice.
Pero pasó.
Después de todo, ese día nunca existió. Ni el té que tomo todos los días.