martes, 3 de septiembre de 2013

Blanco.

Blanco. Qué lindo color, ¿no? El color más puro. Más inocente. Más vulnerable
Creería que es el color más lindo. El que más usamos. Y el que más odiamos.
El blanco nos genera una detención. Más que nada a los artistas. La hoja blanca, pura, nos detiene. Nos deja perplejos. Nos hace parar dos segundos eternos a pensar algo. Un algo para convertir, transformar, hacer, plasmar. El blanco es la pureza que se decide marcar. Pero
¿Cómo marcarlo?
¿Cómo mancharlo?
¿Cómo dejar una huella?
¿Cómo hacer impuro al más puro de los colores?
Es algo que se debería pensar más de dos veces. A pesar que manchamos el blanco como el también mancha nuestra vida.
Blanco. Blanco como las nubes que mancha el celeste del cielo.
Blanco como alguna vez fueron los dientes.
Blanco como la leche del desayuno que manchamos con chocolate en polvo.
Blanco como la esclerótica, que ahora es roja de tanta depresión.
Blanco como el vestido veraniego que jamás volviste a usar.
Blanco como el pantalón que te arriesgaste a usar estando indispuesta.
Blanco como el liquid paper que usás constantemente para corregir los errores sobre el blanco.
Blanco como la tiza.
Blanco como la Cocaína.
Blanco como el mismísimo blanco.