Llegué.
Tengo la nariz roja. El frío me la dejó así.
La casa está cálida. Las estufas están prendidas.
La penumbra me señala las sábanas en las sillas para doblar.
No quiero doblarlas. Son de dos plazas. Y yo tengo una.
Miau, miau. La gata no comió en todo el día.
No hay comida, no hay nada. No quiero comer de nuevo un Maruchan.
Café. El café siempre está. Siempre se deja hacer.
El silencio. El silencio se rompe con los sonidos de la gata masticando
y 21st Century Schizoid Man en los 03:50 minutos.
Quiero que vengas. Tomemos algo caliente.
Apaguemos las estufas. Abriguémosnos entre los dos.
Cerremos las cortinas. Apaguemos las luces.
Escuchemos King Crimson.
Démosle de comer a la gata,
porque odiamos los perros.
No llegás. No vas a venir.
No se por qué te espero.
No se por qué cuento días.
No se por qué te pienso.
No se por qué no hago el café.
Cuando llegues, entrá. La puerta está abierta.
Prendé las luces. Oops, no doblé las sábanas.
La gata quiere más comida.
¿Dónde estoy?
El café quedó adentro del microondas.
Seguro se entibió. O ya está frío.
No se, decime vos.
¿Me buscás?
Estoy en mi cuarto. Recién salí de bañarme.
Me olvidé de pasarme cremas. Perdón.
Entrá. La puerta sigue abierta.
Cuando entrés, me vas a encontrar.
Desnuda.
Con frío.
Te espero escuchando Moonchild.