Pagaría por estar en una esquina,
poner un pie en la calle,
mirar para ambos lados
y verte venir de lejos.
Pagaría porque te vengas acercando con tu bicicleta vieja color óxido,
me mires,
te mire
y que tus voluminosos rulos hagan juego
con lo que acaban de formar tus labios:
tu blanca y grande sonrisa.