lunes, 17 de febrero de 2014

Estaba ahí. Yo era la cosa alta, con el pelo carré.
No sé por qué siempre dijo carré, si ya no lo tengo más así.
El pelo crece. Y nosotros también.

Pero, en serio, yo estaba ahí. Con una amiga...la rubia, sí.
Y viste, creo. Bah, no sé. Estabamos muy lejos.

¡Ay! ¡Qué difícil armar esto!

El viento corría, las nubes eran suaves y no parecían esponjosas.
El tren pasaba para Retiro, pero también para Pilar.
La gente también, pero no nos miraban.
Una pared con vegetación nos tapaba la cara.
Las espaldas daban a la calle.
Una con una cicatriz muy larga y un tatuaje.
La otra con heridas de tanto rascar.

Las vías.
Esas vías desoladas, deshabitadas.
Las vías nos invitaban.
Y nos dejamos llevar sobre los rieles,
apoyando los pies y carteras en los durmientes.
Empezamos. O intentamos empezar.
Y pudimos. Pero mal.

Hasta que pasaste como el tren.
De Pilar a Retiro, asustándonos,
pero pasándonos de largo.
Y chiflé.
Como me había enseñado mi papá.
Chiflé de nuevo.
Media vuelta y tomaste el sentido contrario.
Venías de Retiro para Pilar,
pero te quedaste entre estaciones.

Nos regalamos sonrisas, palabras, gestos, miradas.
Nos regalamos un momento de paz estando a dos cuadras de la avenida.
Un momento de relax.
Y la pasamos bien. Muy bien.

¡Ay! ¡Qué fácil que hacés el armar!

¿Harás fácil el amar?
No, para mí no.
Nadie sabe. Ni yo. Ni vos. Ni la rubia.

Y de la misma manera que no sé, terminamos.
El momento de paz se limitó a unos 15 minutos.
15 hermosos minutos.
Terminaron en helados y tortillas con un gusto especial.
Ese mismo gusto que quedó perfumando la botella de agua "finamente gasificada".

Y nos encantó.
Y me encantó.
Y las ganas no van a quedar.

Tanto que me puse a escribir.
De una manera re boluda, pero me puse a escribir.
Escribir con el mismo maquillaje de hoy en los ojos,
que ya no están hinchados.
Escribir con esas ganas de repetir todo.
Escribir con el gusto en la boca.
Escribir y simplemente eso.

Escribir para expresar el impacto y las ganas.

Escribir para volver a vivir.