Estaba ahí. Yo era la cosa alta, con el pelo carré.
No sé por qué siempre dijo carré, si ya no lo tengo más así.
El pelo crece. Y nosotros también.
Pero, en serio, yo estaba ahí. Con una amiga...la rubia, sí.
Y viste, creo. Bah, no sé. Estabamos muy lejos.
¡Ay! ¡Qué difícil armar esto!
El viento corría, las nubes eran suaves y no parecían esponjosas.
El tren pasaba para Retiro, pero también para Pilar.
La gente también, pero no nos miraban.
Una pared con vegetación nos tapaba la cara.
Las espaldas daban a la calle.
Una con una cicatriz muy larga y un tatuaje.
La otra con heridas de tanto rascar.
Las vías.
Esas vías desoladas, deshabitadas.
Las vías nos invitaban.
Y nos dejamos llevar sobre los rieles,
apoyando los pies y carteras en los durmientes.
Empezamos. O intentamos empezar.
Y pudimos. Pero mal.
Hasta que pasaste como el tren.
De Pilar a Retiro, asustándonos,
pero pasándonos de largo.
Y chiflé.
Como me había enseñado mi papá.
Chiflé de nuevo.
Media vuelta y tomaste el sentido contrario.
Venías de Retiro para Pilar,
pero te quedaste entre estaciones.
Nos regalamos sonrisas, palabras, gestos, miradas.
Nos regalamos un momento de paz estando a dos cuadras de la avenida.
Un momento de relax.
Y la pasamos bien. Muy bien.
¡Ay! ¡Qué fácil que hacés el armar!
¿Harás fácil el amar?
No, para mí no.
Nadie sabe. Ni yo. Ni vos. Ni la rubia.
Y de la misma manera que no sé, terminamos.
El momento de paz se limitó a unos 15 minutos.
15 hermosos minutos.
Terminaron en helados y tortillas con un gusto especial.
Ese mismo gusto que quedó perfumando la botella de agua "finamente gasificada".
Y nos encantó.
Y me encantó.
Y las ganas no van a quedar.
Tanto que me puse a escribir.
De una manera re boluda, pero me puse a escribir.
Escribir con el mismo maquillaje de hoy en los ojos,
que ya no están hinchados.
Escribir con esas ganas de repetir todo.
Escribir con el gusto en la boca.
Escribir y simplemente eso.
Escribir para expresar el impacto y las ganas.
Escribir para volver a vivir.